La belleza de la estatua es sólo "piel". Por dentro la opacidad de la piedra nos recuerda que también el dios griego obedece a un destino ciego: la moira. Las cuencas vacías de la imagen aluden a esta ceguera interior. La imagen del dios no nos mira, sino que está ahí para ser mirada, esto es, interpretada míticamente desde fuera. De ahí la frialdad que nosotros - modernos- sentimos al contemplar esas magníficas obras. Más aún, de ellas exhala un aroma de tristeza, de "duelo" por la imposibilidad de comunicación. Que sólo el espíritu, y no la piedra, animada (tallada e interpretada) sólo desde fuera, puede hablar al espíritu. Por ello "los dioses clásicos tienen en sí mismo el germen de su ocaso".
El Arte y el Cuerpo - Felix Duque
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