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Es verdad que el admite que nada hay ni podrá nunca haber nada más bello que la representación clásica de los dioses. Pero precisamente por eso, por ser bella, debió sucumbir esa representación. Pues la belleza muestra un equilibrio, una conciliación meramente superficial entre el contenido sensible y la forma espiritual, y no deja por ende salir a la luz toda la profundidad del espíritu, el cual no vive de la alianza con lo externo y natural, sino de la sumisión y aun rendición incondicional de la naturaleza a su poder.

La belleza de la estatua es sólo "piel". Por dentro la opacidad de la piedra nos recuerda que también el dios griego obedece a un destino ciego: la moira. Las cuencas vacías de la imagen aluden a esta ceguera interior. La imagen del dios no nos mira, sino que está ahí para ser mirada, esto es, interpretada míticamente desde fuera. De ahí la frialdad que nosotros - modernos- sentimos al contemplar esas magníficas obras. Más aún, de ellas exhala un aroma de tristeza, de "duelo" por la imposibilidad de comunicación. Que sólo el espíritu, y no la piedra, animada (tallada e interpretada) sólo desde fuera, puede hablar al espíritu. Por ello "los dioses clásicos tienen en sí mismo el germen de su ocaso".


El Arte y el Cuerpo - Felix Duque

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